Andy Murray: Tan cerca pero tan lejos

30 de enero de 2011. Melbourne. La Rod Laver Arena observa a un entusiasta serbio firmar los primeros versos de una obra histórica. Al fondo, un noble escocés contempla desde el silencio –respetuoso, impotente- la pomposa escena. Otra vez esa mirada perdida buscando respuesta a lo acaecido. De nuevo esos vidriados ojos oteando incrédulamente al final de un nuevo trance. Otra oportunidad perdida sin haber opuesto la necesaria resistencia para acallar el remordimiento. Tres grandes finales proyectadas ante sus retinas. Tres grandes finales no amansadas por su raqueta. Y tres grandes finales, trenes sin retorno, tornadas enormes en su cabeza.

Murray, en irreconocible puesta en escena, vuelve a ceder dócilmente una final de Grand Slam. Tras decidida ascensión, se despeña con estrépito al intentar clavar la Union Jack en la cumbre. Completada una memorable quincena, vuelve a desvanecerse a las puertas de la gloria. A niveles profesionales las metas son sagradas. No llegar se antoja duro. No llegar por poco debe de ser frustrante. No llegar por poco, en repetidas ocasiones, tiene que triturar los anhelos de las mentes más resistentes. “No creo haber sufrido una derrota que haya tardado tanto tiempo en salir de mi sistema” rememora el escocés. Agridulce cucharada: sentirse muy cerca pero, al mismo tiempo, percibirse muy lejos de lograr el objetivo.

Consagrando la idea de que la confianza lo es todo, como en proceso alérgeno para con el cemento, no vuelve a alzar los brazos hasta el cambio de superficie. En una suerte de letargo primaveral, acentuada la parálisis sufrida el anterior curso, yace sin aliento hasta el arribo de la arcilla. Investido de alfarero, su peor disfraz, moldea figuras que separan a aprendices de maestros. Sobre tierra batida, enlodando calcetines, desvela un giro de los que hacen pensar: presenta armas -sin ser virtudes- donde había carencias. La gira menos propicia para el llamado cuarto hombre anticipa, en simpática paradoja, un relevante halo de progreso.

Inestable a nivel mental, desequilibrado a nivel técnico, Andy presenta marcados déficits respecto al trío de cabeza. Irascible ante la crisis, quema sus guiones con relativa frecuencia. Forjado con un excelso revés, reserva con ahínco una timorata derecha. Todo ello acompañado de un débil segundo servicio. Sin embargo, algo surge sobre el rojizo polvo. Llevado al extremo antes de ceder ante Djokovic en Roma, aguanta erguido hasta el último punto. Lastrado en un tobillo desde la primera semana de Roland Garros, añade la derecha a su intermitente arsenal de ataque. Fortaleza mental y argumento ofensivo nivelado.

El problema: hacer de lo esporádico, costumbre; de la coyuntura, estructura; del recurso de emergencia, elemento permanente. Se ha mostrado capaz de hacerlo. Mantenerlo es lo complicado. He aquí otra frontera diferencial con respecto al triunvirato que anhela convertir en cuarteto: regularidad en el desempeño. Capaz de encadenar primeras rondas –Canadá- con campeonatos –Cincinnati- en apenas dos semanas, depurar esa inconsistencia de resultados en torneos de postín se antoja fundamental para dar el paso definitivo entre una élite donde cada punto se suda a borbotones.

Al caer el otoño, gira asiática mediante, Andy firma tres títulos consecutivos y la mejor racha de victorias de su carrera deportiva. Época esta, sin restar méritos pero sin adherir laureles al británico, donde la vanguardia deja paso a la retaguardia. Roger descansa su cuerpo, Novak mitiga sus dolores, Rafa deja volar sus dudas. Terreno abonado para el cuarto en discordia, que pasa a ser tercero en lista. Situado por vez primera sobre Federer en la clasificación ATP, el escocés se muestra consciente de la gravedad del asunto. “Subir del vigésimo al quinto puesto parece un paso más grande que hacerlo del cuarto al tercero. Pero cuanto más cerca estás de la cabeza, más amplio es el salto” afirma. Estar más cerca no significa necesariamente estar cerca. Significa simplemente estar más cerca.

Alcanzando, al menos, la semifinal en todos los major de la temporada por primera vez en su carrera, la mejora se antoja importante. Actuaciones nobles que trazan una firme raya respecto a jugadores de desempeño más mundano. Actuaciones, no obstante, que no resisten la comparación respecto a sus coetáneas deidades. Habiendo cedido los últimos seis duelos de Grand Slam jugados ante Djokovic, Nadal o Federer, el pulso clave a cinco mangas sigue quedando grande para un hombre de precisión clínica en batallas decisivas de Masters 1000.

En Londres encontrará, en duelos a tres mangas, la distancia perfecta para un físico de maratoniano con mente de medio-fondista. Sobre una superficie previsiblemente no muy rauda para ser indoor pero rápida al fin y al cabo, su estilo conservador puede emplear el ritmo de los rivales para regular, al contragolpe, la temperatura del intercambio. No obstante, ha quedado encuadrado en un grupo que pivotará sobre el estado físico de Djokovic. Junto a un Berdych ante el que ha caído en los tres últimos duelos y en todas las superficies, un Novak a buen rendimiento podría hacer peligrar incluso las semifinales para el escocés. Ojo.

Tomas Berdych: Acechando en la sombra

9 de octubre de 2011. Pekín. Diamond Arena. Un hombre alza los brazos al firmamento chino en acto reflejo ya olvidado. Investido de aura triunfal, pura mezcla de liberación y remordimiento, un apretón de dientes precede a un sonoro bramido. Una descarga de adrenalina que retumba por las entrañas del recinto. Un pabellón que, tallado en forma de piedra preciosa, anda de estreno. Un diamante en bruto, ironía del circuito, como el campeón recién coronado. La desproporcionada e irreverente algarabía de la grada asiática no soterra un pensamiento: ‘Esto no me vale. Soy algo más que un recolector de setas. No puedo basar mi carrera en conquistas de otoño’.

Quince meses después de firmar una gesta multi-superficie en los templos de primavera-verano (final en Miami, semifinal en Roland Garros, final en Wimbledon), Berdych sigue siendo el mismo. La esperanza de ver explotar al gran talento oprimido de Europa se desvanece con el paso del tiempo. Ni un título desde aquella memorable quincena londinense donde se erigiera en el primer hombre capaz de apartar a un Federer campeón de un domingo sobre el sagrado pasto. Siquiera una final sobre la que cimentar los pasos dados. Estancamiento. El éxito no le ha cambiado y, a pesar del dicho, esto no siempre es positivo. De nuevo, adherido a su figura, aparece el paradigma de ilusiones frustradas. A su favor, un punto de consistencia adquirida: 7 semifinales y 7 cuartos de final en el presente curso. En su contra: 14 pasos en falso a la hora de la verdad. La historia rinde culto a los campeones. De los finalistas, dicen, nadie se acuerda. Mucho me temo que los semifinalistas no tengan un lugar reservado en los libros.

El checo, aspirante a todo y candidato a nada, es un tenista imprevisible. Un elemento incómodo a evitar en los cuadros. Una amenaza constante con la que nadie cuenta pero que todos temen. Capaz de surgir de entre las sombras y dar un zarpazo a la élite antes de retornar a su habitual ostracismo. Únicamente dos victorias sobre el top 5 desde julio de 2010 -cenit de su espejismo- así lo atestiguan. Murray, en la mejor racha de su carrera, lo sufrió en Bercy. Federer, sobre su suelo duro predilecto, pereció en Cincinnati.

Su título en Pekín puso fin a la abstinencia más prolongada del actual top 25. Nada menos que 29 meses sin apretar el puño. Cerca de dos temporadas y media sin completar una semana perfecta. Un total de 56 torneos sin poder prometer, micrófono en mano, la defensa de la corona al año siguiente. Una incógnita de magnitudes claras sobre la que resulta casi utópico establecer predicciones. No obstante, el checo puede llegar a orillas del Támesis con ciertos puntos de moral en la bolsa.

Como último hombre capaz de llevarse el índice a los labios ante Federer sin ceder un parcial, el checo tiene crédito para abrir grietas a cualquiera en una tarde de inspiración. A diferencia de 2010, además, es de esperar que Berdych arribe a Londres con confianza en el brazo. Tras un aceptable bagaje de resultados recientes, Tomas llega con inercia al tramo final del año, nunca en plena desaceleración. Junto al mencionado título sobre suelo chino hay que sumar su primera victoria bajo techo sobre un top 5 –al tumbar a Murray en Bercy- de los últimos 5 años. Dos barreras de largo recorrido recientemente derribadas. No se le espera pero no se le descarta. Presión justa con armas de sobra. Efervescente combinación.

Por otro lado, queda el apartado relativo a la velocidad de la pista londinense. En mitad de un proceso involutivo de cara al espectáculo de este deporte, el suelo del O2 Arena experimentó en 2010 una apreciable ralentización con respecto a la campaña anterior. Si la tendencia continua –a menor velocidad, bote más alto-, un tenista espigado como Berdych podría encontrar con cierta regularidad la bola en su área cómoda de golpeo. Lejos de la excelencia en el desplazamiento y adoleciendo de un mejorable revés, un suelo de velocidad media-alta le otorgaría más tiempo en la reacción, permitiéndole cubrirse con su poderosa derecha el ala señalada. Su abrasivo servicio y ofensiva de segundo golpe deben de jugar un papel capital en sus opciones.

Teniendo en cuenta que la pista de Bercy, a petición de los jugadores, ha sido ralentizada para aminorar la diferencia de ritmo respecto a la superficie londinense, esperamos una pista de las características mencionadas con las citadas repercusiones en el juego de Tomas. Cuando menos, peligroso.

Novak Djokovic: La presión al hombro

26 de noviembre de 2010. Djokovic abandona el O2 Arena con cinco juegos en la bolsa. No importa. Holgado marcador, liviano correctivo de procedencia helvética para un hombre que no existe. Presente Novak en cuerpo pero ausente en alma, sus ojos ven Londres pero miran a Belgrado. La capital británica, en juego un cetro conquistado, es importante pero no decisiva. La urbe serbia, hambrienta de un hito nunca logrado, copa toda la atención. En la urbe serbia, claro, el componente nacional es decisivo. Y en la urbe serbia, volcada para la ocasión, termina por gestarse lo que en su momento fue calificado como el mayor éxito en la (corta) historia deportiva del país balcánico.

Djokovic, dos triunfos incontestables, lidera la conquista de la Copa Davis. Serbia obtiene peso en el panorama masculino. Novak, un espaldarazo deportivo de los que marcan puntos de inflexión. En fase de expansión, el serbio -aletargado tiempo atrás por factores alérgenos- modifica su régimen alimenticio. Con cambios sustanciales en el bolo. Pasa de ingerir gluten a tragar leyendas.

Melbourne, Dubai, Indian Wells, Miami, Belgrado, Madrid, Roma, Londres, Montreal y Nueva York. Palmareses que pasan por calendarios de temporada. Actuaciones que guardan la mejor apertura de año de la Era Abierta. Senderos de gloria que hacen saltar por los aires una dualidad incontestable hasta la fecha. Para rebasar lo histórico es preciso rozar lo legendario. Novak se detiene en el tiempo mientras la naturaleza sigue su curso. Se despiden las nieves, brotan las flores y abren las piscinas antes de que el serbio rumie –allá por junio- el primer polvo de la temporada.

En recorrido memorable, despedaza titanes ignorando el ayer. Desafiando la narrativa del pasado reciente, se abre paso a machetazos entre dos juncos de cariz eterno. Y en insaciable insurrección, reconstruidos alma y cuerpo, desdienta una férrea cremallera que ha convertido en cosa de dos el derecho a sonreír en los últimos años. Portador el brazo de todos los tiros del manual, dibuja trayectorias mortíferas paso previo a recolectar estertores.

Novak es un competidor renovado en todas las áreas: físicamente más resistente, mentalmente más estable, técnicamente más completo. Un tenista de pulso firme, emociones reprimidas y cercano a la traza simétrica. Sin agujeros aparentes.

En esta reinvención deportiva, la cabeza torna en el mejor golpe del serbio. Otrora un marasmo competitivo, de pronto es capaz de triturar una mente pensada indestructible. Antaño propenso a embarrar la rodilla ante el atisbo del caos, ahora yergue el torso dispuesto a enfrentar cualquier envite. Y el otrora muñeco de trapo movido por hilos de remordimiento, pasa a erigirse en feroz guerrero con memoria de un punto. Acallada la conciencia, apartados los miedos, gozan sus dudas de existencia efímera. Secado al unísono con el sudor, el titubeo encuentra la tumba en cada encuentro con la toalla.

‘Mi objetivo es ser número uno, pero mi sueño es ganar Wimbledon’ se decía el serbio tras el primer zarpazo sobre arcilla. Clavada la estaca en un terreno prohibido, orienta su mirada a coronar la montaña en el jardín sagrado. Ambición por alcanzar lo efímero, aspiración por conquistar lo eterno. Con trabajo, se dice, se alcanzan las metas. En ocasiones, cuentan, las ilusiones se cumplen. Todo queda archivado en una misma tarde de julio londinense. El objetivo se refuerza meses después ganando en Nueva York. De nuevo sobre Nadal. De nuevo sin necesidad de llevar la lucha a un parcial definitivo.

Autor de una temporada destinada a figurar en papel desgastado, el balcánico retorna a Londres arrastrando pesados legajos. Es el peaje a pagar por una temporada de excesos. Las muescas del éxito sin pausa erosionan un físico carente del descanso necesario. Sus paradas, aunque bien ubicadas, no suplen al desgaste acumulado. Su cuerpo, exprimido al extremo, ha dicho basta en los últimos tres torneos. Belgrado, Basilea y París (retirada, derrota y renuncia) han probado el poso de un caldo elitista. Espalda y hombro, grietas abiertas en una silueta ya perpetua, anticipan un aliento terrenal. Novak suda y sangra como todos. Novak, primero al cerrar el año, será también el primero en rendir cuentas en 2012. Y Novak, presente en cuerpo pero ausente en alma en 2010, llega de nuevo a Londres con más planteamientos futuros que necesidades presentes.

Una recurrente molestia articular es su Copa Davis de 2011. Otorgarle preponderancia tornó en positivo punto de inflexión la temporada anterior. La pretemporada es corta como para andar enredado con remiendos importantes.

 

Serial: ATP World Tour Finals 2011

Ocho historias cruzadas en mil batallas a lo largo del año. Ocho corazones en tensión preparados para desatar el último maremoto de sensaciones. Ocho hombres, enjaulados a orillas del Támesis, en busca de un solo objetivo: levantar la Copa de Maestros. Sólo a los más fuertes del curso les está permitido volver a pisar Londres tras dejar Wimbledon en las retinas. La capital británica, de nuevo, evoca tenis de otro tiempo. Esta vez sin manchar de verdín las suelas. Esta vez allende la hierba y protegidos del cielo. Y esta vez, en escenario aséptico de impronta futurista, alejados de cualquier vestigio de sagrada tradición.

En un especial de ocho artículos, del 13 al 20 de noviembre, analizaremos de manera individualizada cada participante de las Finales ATP 2011.

A continuación, el calendario y el lugar de publicación de las piezas:

No Challenges Remaining (@alvarorama)

13 de noviembre – Novak Djokovic
15 de noviembre – Tomas Berdych
17 de noviembre – Andy Murray
19 de noviembre – Mardy Fish

La Cinta de Borg (@Rafael_Plaza)

14 de noviembre – David Ferrer
16 de noviembre – Roger Federer
18 de noviembre – Jo-Wilfried Tsonga
20 de noviembre – Rafael Nadal

La piedra de Rosetta 2.0 > Race ATP

A efectos de ranking hay dos tipos de jugadores: aquellos a los que ATP denomina commitment players y otros conocidos como not-commitment players. Se establece esta distinción para determinar los torneos que, de forma obligatoria*, deben jugar ciertos tenistas así como para establecer qué eventos contarán a la hora de configurar su ranking. En la temporada 2011, pertenecen al primer grupo todos aquellos hombres que, a fecha lunes 15 de noviembre de 2010 –temporada terminada-, formaban parte del top 30. El resto, es decir aquellos cuyos nombres -en la fecha indicada- figuraban por debajo de la 30ª posición, pertenece al segundo grupo. Leer más de esta entrada