Siempre nos quedará París (Bercy)

París es una comuna. Un vacío de poder al final del calendario. Ocho campeones distintos en las últimas ocho ediciones muestran la volatilidad del evento. Fecha por nadie manchada de rojo en el almanaque, apuntada por muchos como posible remiendo de fin de curso. Un oasis donde enterrar achaques, miserias o sueños por cumplir. Davydenko, Berdych, Tsonga o Soderling lograron allí su primer Masters (único hasta la fecha en los tres últimos casos). Maquillar una débil temporada, decorar un modesto palmarés, reactivar una ceñida confianza, apuntalar una emergente carrera,… todo está permitido en la anárquica capital francesa. A unas alturas de la película donde la élite suele haber cerrado el capítulo de objetivos o centra sus últimos sudores en los grandes broches de temporada, las circunstancias suelen condicionar un escenario de dos caras: demasiado grande para los pequeños, demasiado pequeño para los grandes. Exprimidos los físicos nobles tras una larga campaña, a menudo queda horadada la tierra para la clase media. Abonado el terreno para aquellos que durante la temporada se acercan pero no llegan.

No obstante, el presente curso -marcado por un histórico relevo de poder- reviste una notoria peculiaridad: quien se ha acercado pero no ha llegado ha sido quien hasta no hace mucho decidía, en buena medida, quién se acercaba y, sobre todo, quién llegaba. Federer, sin un major bajo la almohada por primera vez en ocho años, arriba al sureste de París con hambre de otro tiempo, entero físicamente y con trabajo por hacer. Reducido a un ranking propio de 2002 y a conquistas de 2001, el suizo parece más preocupado por remendar esto último. En realidad, en alguna ocasión ha dejado clara su ambiciosa filosofía respecto a lo primero. Rodeado de compañeros que arrastran lastres propios de otoño, el helvético -ausente en Asia y reservado ya para grandes causas (leáse Grand Slams)- amanece como nuevo para cargar el último tramo de la temporada con la mente puesta en París, los ojos en Londres y el corazón en Melbourne. “Me siento realmente en forma y entusiasmado. Creo que mi pausa está dando resultado. Tengo prioridades distintas a las del resto de chicos jóvenes clasificados a mi alrededor”. Zanjar un camino con desembocadura en Grand Slam parece el objetivo. La llegada del indoor se antoja perfecta rampa de lanzamiento para engrasar la maquinaria. Saciar el apetito es la meta. Melbourne, el próximo gran restaurante. Queda largo camino por recorrer. París, previo paso a Londres, es la primera escala.

A orillas del Sena espera el majestuoso Palais Omnisports. Un pabellón multiusos que, bajo su ajardinada cubierta, conserva un aletargado vínculo con el pasado. Convertida en aislada excepción en mitad de una regla de ralentización de superficies, la pista parisina pasa por ser uno de los últimos reductos tenísticos donde decir basta es posible con un par de golpes. Así se explican las mejores marcas en las carreras de los últimos voleadores (el checo Stepanek -finalista en 2004- o el francés Llodra -semifinalista en 2010- jamás volaron tan alto). Así se entienden los mayores títulos alzados hasta la fecha por inmensos pegadores con lastres defensivos como Tsonga o Soderling. Y así, en un entorno que prima la creatividad inmediata sobre la habitual construcción masticada del punto, no sorprende que un ganador como Federer califique de ‘divertido’ (leer enlace anterior) un evento tras un desenlace personal tan doloroso como el de 2010.

(No obstante, diversos jugadores -Murray, Verdasco o Raonic han afirmado haber percibido una superficie más lenta que en ediciones anteriores. Sería un paso más hacía la uniformidad de superficies que impera en la actualidad. No nos gusta.)

Habiendo participado en ocho ediciones, el último Masters 1000 del año permanece como territorio inexplorado para el suizo. Se trata del único torneo de la categoría donde Roger no ha logrado disputar siquiera el partido por el título. “Todavía no he sido capaz de ganar en París. Espero hacer algún daño allí. Estuve muy cerca el año pasado” recuerda nítidamente el helvético. Federer, séptimo tenista de la historia con mayor número de victorias en la bolsa, puede haber enterrado en la memoria decenas de triunfos. Acostumbrado a no perdonar, hasta cinco bolas de partido se le escurrieron entre los dedos doce meses atrás ante Monfils. Parece difícil el olvido. En su mano tiene revertir el recuerdo.

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