Roger Federer: Crónica de una muerte anunciada

1 de febrero de 2009. Enjugando lágrimas brotadas de una mente destruida, cubierto el cuerpo por el negro cielo de Melbourne y clavada la mirada sobre el azulado Plexicushion, Federer pronuncia entre sollozos cinco palabras guturales, un puñado de vocablos emergidos del alma para inmortalizar ante el mundo un sentimiento cuasi fúnebre: “Dios, esto me está matando”. El sumiso mensaje proviene de un competidor que tiene el orgullo por bandera y anda próximo a firmar el palmarés tenístico más grande de todos los tiempos. Un sentimiento frustrante reflejado por una realidad inquietante: perder la primera final de Grand Slam sobre pista dura viendo así conquistado por un solo jugador -salvo un indoor todavía virgen y reservado para citas menores- todos los rincones del territorio Roger.

Sometido por vez tercera en siete meses por su némesis deportiva sobre suelo ‘grande’, se inclinó ante Nadal hasta probar los tres sabores de la lona: arcilla, hierba y cemento. Muchas son las dudas que se levantan entonces alrededor de su figura. Muchos los interrogantes sobre lo inmediato su ocaso. Y muchas las veces desde entonces en que el helvético ha respondido con resultados a la presión añadida del escepticismo. “Los campeones aprovechan sus oportunidades, la presión es un privilegio” rezaba el conocido mensaje enviado por Billie Jean King a Maria Sharapova con carácter previo a la conquista del Abierto de Australia por parte de la rusa en 2008. Si Roger no fue el destinatario de tal mensaje, quizá no necesitaba serlo.

Tras el derrumbe moral que supuso Melbourne 2009, el helvético remó de nuevo hasta alcanzar por tercera vez en su carrera las finales de los cuatro grandes en el mismo curso. Si bien es cierto que no volvería a competir con Nadal en tales escenarios, es una hazaña en la que ningún coetáneo ha logrado estampar la firma siquiera en una ocasión. La frase de la 12 veces campeona de Grand Slam cobraría especial relevancia en la primavera parisina de 2009 donde, aprovechando la hecatombe más sonada del tiempo reciente, el suizo levantó su primer Roland Garros para convertirse en el sexto hombre en completar el Grand Slam.

Nuevamente una frase tomaría protagonismo en la siguiente cita marcada en rojo en el calendario del de Basilea. “No te preocupes, superarás los 14 títulos de Sampras” le comentaba Nadal en Melbourne en la despedida posterior a la final. Dos títulos necesitaba para hacer realidad la teoría y a buen seguro que después de Wimbledon la había cumplido. Tras una vertiginosa final, marcaría por vez tercera la espalda de Roddick sobre el césped de Londres antes de recuperar el trono en la capital británica y convertirse en el jugador con más títulos grandes en la historia de este deporte. Cediendo su imbatilidad de cinco años en Nueva York frente Del Potro para posteriormente desquitarse en Australia con uno de los mejores partidos sobre pista dura del tiempo reciente ante Murray, el suizo quedó a tres puntos de lograr el Grand Slam fuera de calendario. Doce meses antes el escenario que ahora contemplaba la impotencia del escocés observaba la frustración de un suizo ahora renovado.

A pesar del desahogo austral de principios de temporada, la temporada 2010 resulta ser un camino pedregoso. El helvético ve interrumpido en París un récord de 23 semifinales seguidas de Grand Slam –esto es, casi seis temporadas consecutivas alcanzando el último partido en cuadros de 128 jugadores-. Además pierde su apreciado número 1 en Roland Garros antes de verse fuera de la final de su santuario británico de hierba por primera vez en 7 años. Con un pasado roto, un presente en duda y un futuro incierto, el de Basilea certificó otro ocaso señalado firmando la mejor segunda mitad de temporada de su carrera, alcanzando la final o disfrutando de bolas de partido en las semifinales de todo torneo posterior a Wimbledon para terminar ganando la Copa Masters por primera vez desde 2007.

En 2011 asiste al emerger de una hazaña de proporciones históricas. Superado hasta en tres ocasiones por el vendaval balcánico que encarna el serbio Djokovic, pronto asume su papel de tercer hombre. Salvo un partido gris en Montecarlo y las dudas a la hora de cerrar una lucha que se termina escapando en Roma, el resto de la temporada raya el nivel de lo exigible a su condición.

Llega Roland Garros y llega Federer fuera de muchas quinielas, desplazado por un binomio dominador del que no hace tanto formaba parte sonante. Despojado de toda presión mediática avanza sigilosamente apartando rivales con celeridad exultante. Se planta en semifinales siendo el único hombre que mantiene la vertical con el casillero impoluto de sets cedidos. Y enfrenta a Djokovic por un puesto en la final. Y entra en faena con mirada al frente y dispuesto a morir matando. Y en mitad de una lucha memorable desempolva una fuerza, versatilidad y precisión de antaño hasta tumbar a un gigante plagado de dudas. París observa a Federer reivindicar su estatus al levantar el índice al cielo. París contempla el atronador grito del helvético. Y París asiste a la enésima resurrección de un hombre al que tantas veces se dio por muerto.

Anuncios

Acerca de alvarorama
Probando la etiqueta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: