La cuadratura del círculo

26 de enero de 2010. Vigésimo cuarto juego de partido, tercero del tercer set. Tras 150 minutos en pista Nadal siente por vez última el pausado ascender por sus piernas del canicular hálito del cemento ‘aussie’. Prórroga inesperada, la sangre vuelve a brotar por la misma herida. El Talón de Aquiles en forma de rodilla maltrecha. Tras romper el fantasma mental de Soderling en los Emiratos Árabes Unidos, y alcanzar el partido por el título en Qatar días antes de llegar a Australia, el ansiado retorno de la solidez física parecía enarbolar signos de realidad. Nuevas dudas. Vuelta a empezar.

Rafael regresa al epicentro de la recaída física, testigo último de su calvario, postrero escenario de su versión terrenal. Destronado en París tras la revuelta más sonada de la historia reciente y forzado a aspirar el fresco aroma de la conquistada hierba londinense desde la distancia, Melbourne representaba la tercera gran pica a defender en apenas nueve meses. Posición privilegiada en el frustrado imaginario de un campeón, por encima de sentirse desbordado o impedido, ocupa el abandono. Un escalón, sino más doloroso, al menos más amargo que la incredulidad gala y la impotencia británica lo encarnó la retirada australiana. Renunciar al pulso por séptima vez en su carrera, primera en Grand Slam. Decir basta, arrojar la toalla en el escenario más grande con todas las miradas clavadas sobre los hombros, lacerante penitencia para una mente donde el error no tiene público. Doce meses más tarde, despojado de toda duda deportiva tras cuajar la mejor temporada de su carrera, el mallorquín retoma la aventura oceánica con un interrogante diametralmente opuesto pendiendo sobre su cabeza. Leer más de esta entrada

Anuncios